María Paula Ramírez: Hoy me encuentro con el escritor y psicólogo Carlos Granés, autor de varios libros como El rugido de nuestro tiempo, también Delirio americano, La invención del paraíso y El puño invisible, que fue bastante elogiado por Mario Vargas Llosa. Muchos de estos libros rondan temáticas en torno al arte, la cultura y la política. Y quiero empezar con El rugido de nuestro tiempo. Yo recientemente hice una serie de videos en los que rastreé las lecturas de los candidatos presidenciales. Y algo que me llamó mucho la atención es que tu libro aparece en varias de las bibliotecas de ellos. Y la segunda cosa que me llamó la atención es que son políticos de sectores muy distintos. Y algo que yo me pregunto es cómo lo están leyendo. ¿Cómo un político tan diferente al otro puede estar leyendo este libro? Y esa es mi primera pregunta. ¿Qué opinas? ¿O cómo crees que lo están leyendo? ¿O por qué tiene tanto auge entre los políticos?
Carlos Granés: Bueno, me imagino que es porque intento hacer un diagnóstico del presente inmediato y porque analizo una forma particular de ejercer el poder típicamente latinoamericana, aunque ya el mundo se ha latinoamericanizado y lo podemos ver en Estados Unidos y en varios países europeos. Es una forma mesiánica de concebir la política. Y los liderazgos que analizo son de personajes que llegan al poder no con la idea concreta de gobernar asuntos públicos o de mejorar las condiciones de los ciudadanos, sino de cambiar la historia de sus países o directamente de hacer historia. Quieren ser los nuevos padres de la patria, los parteaguas de la historia de sus respectivas naciones. Esto es un vicio muy típico latinoamericano del que no nos hemos librado y me imagino que a los aspirantes a gobernarnos les debe dar algo de morbo; deben sentir algo de curiosidad por cómo un escritor ve, entiende y analiza esta forma de ejercer el poder en nuestro continente.
María Paula Ramírez: ¿Tú sospechas que de pronto hay políticos que no te están leyendo correctamente?
Carlos Granés: Es difícil saberlo. Me preocupa más bien que algún político tome prestadas ideas o que no lea la crítica, que no entienda que lo que yo hago es criticar cierta forma de mesianismo y más bien lo asuma como una estrategia. Lo que sí hago, lo que intento hacer, es entender las estrategias que están usando los nuevos políticos para salir del anonimato a los congresos y a las presidencias en tiempo récord. Es decir, los outsiders están teniendo mucho éxito hoy en día. Pero las estrategias que están usando son supremamente nocivas para la democracia y para el arte del buen gobierno. El problema es que sí funcionan. Entonces, espero que no estén tomando esos ejemplos como la manera de medrar en política y de acceder al poder. Porque para ellos será bueno, pero para todos los demás será bastante malo.
María Paula Ramírez: Algo que me parece muy importante de tu libro es que traes a la actualidad una discusión que ha estado vigente a lo largo del siglo XX en Colombia, y es la tensión entre político y artista. También político-poeta, político y escritor. Y en los años veinte había muy pocos críticos que señalaron esto. Algunos fueron Baldomero Sanín Cano, que señaló, por ejemplo, a Rafael Núñez, o a Guillermo León Valencia también. Y yo te quiero preguntar, a propósito de que traes esta temática tan actual, ¿cómo ves que se ha transformado esa tensión entre político y artista en la actualidad?
Carlos Granés: Bueno, en la actualidad, no solamente en Colombia sino en buena parte del mundo, el político se ha convertido en una especie de performer que intenta que sus mensajes —que son muy simples, muy provocativos, a veces incluso transgresores— se viralicen de la forma más extensa posible. Entonces usan la performance, usan el gesto, el símbolo, herramientas que pertenecían tradicionalmente al campo de la plástica, al campo de la cultura. Ahora los políticos, de alguna manera, se han convertido en artistas y además esperan el mismo tipo de fanatismo de parte de sus caudas y de sus electorados que el que tiene el artista con sus fans. No en vano, Milei canta, hace conciertos y despierta pasiones que ya no pasan por el filtro de la racionalidad. Es una adhesión irracional, que es la que uno tiene con los ídolos de la farándula, los ídolos de la música que a uno le gustan. Además, tú a tus cantantes favoritos y a tus artistas favoritos les perdonas todo. Si llegan —estamos en el Hotel Hilton—, supongamos que llegan músicos acá, hacen una fiesta espantosa y destrozan la habitación, tú lo vas a justificar porque amas a este personaje. Lo mismo está pasando con los políticos. Despiertan este tipo de adhesiones de manera que pueden robar, pueden gobernar mal, pueden destrozar instituciones, pueden erosionar servicios públicos que funcionaban bien y, sin embargo, tú se los perdonas todo porque asumes que si no son ellos vendrán los malos, los malvados, los perversos, los fascistas, los comunistas, los castrochavistas, lo que sea. Entonces es una lógica, una dinámica política muy contemporánea y supremamente nociva porque está eliminando la autocrítica. Es decir, la crítica de los tuyos, la crítica de tu bando. En batallas culturales, que es en lo que estamos, tú le empiezas a perdonar todo a la persona a la que estás emocionalmente ligado o ligada, y esto para la democracia es absolutamente nocivo. Y ese es nuestro presente.
María Paula Ramírez: También tengo una pregunta un poquito capciosa de la mano de este tema de la política, la relación con el arte y la instrumentalización. Y es si consideras que el lenguaje es político, que es una frase que hoy en día escuchamos bastante; a veces como una fórmula en muchos discursos: “el lenguaje es político, todo es político”.
Carlos Granés: No, yo creo que no. Yo creo que las palabras son herramientas de comunicación y esta obsesión contemporánea por darles una carga política a todas las palabras me parece nociva. Te pongo un ejemplo. A este futbolista argentino —no recuerdo exactamente quién—, lo felicitaron porque metió un golazo. Lo felicitó un amigo en redes sociales y él le dijo: “¡Gracias, negrito!”, que es una forma cariñosa de referirse a un amigo en la Argentina. Él jugaba en Inglaterra y esa palabra, por esa carga política que se le da, lo metió en un problema espantoso. Y no hubo poder humano que lograra explicarles a los anglosajones las formas de expresión americanas y hacerles entender que esto, lejos de ser una expresión de prejuicio o de racismo, era todo lo contrario. Una expresión de cariño, de cercanía y de familiaridad. Entonces, que una palabra tenga ya connotaciones políticas y que quien la diga esté incurriendo casi que en un pecado político es simplemente nocivo porque coacciona, limita la comunicación. Le pone misterios al lenguaje. Y el lenguaje debe ser capaz de decirlo todo con libertad. De lo contrario, empezamos a pensar mal. El pensamiento empieza a tener límites, obstáculos, y pensamos con lenguaje. Si el lenguaje se politiza, vamos a tener la sensación de que nuestro pensamiento está totalmente politizado. Y eso es muy nocivo también para el pensamiento. El pensamiento debe sacar conclusiones libres de política. Después, sí, la política puede entrar, ser una variable, un juego para el entendimiento del mundo. Pero lo fundamental es entender la realidad. Y el lenguaje es el instrumento que tenemos para entender la realidad. Por eso mismo, creo que debe liberarse de esa connotación política que solo puede dar a entender que toda interpretación de la realidad está politizada. Y eso es muy nocivo. Porque si se politiza o se asume que está politizado lo que tú estás diciendo sobre la realidad, pues inmediatamente ya entras en un bando. Y te van a decir que sí los que están en ese bando político, y te van a decir que no los que están en otro bando político. Y el terreno común se pierde. Y eso es otro fenómeno muy contemporáneo. Y también supremamente nocivo, no solamente para el conocimiento, sino para la discusión pública y para la democracia.
María Paula Ramírez: Sí, considerando también que el lenguaje es tan amplio y que a veces hay límites del lenguaje, es más preciso de pronto considerar que lo político es lingüístico, puede ser lingüístico.
Carlos Granés: Claro, lo político puede ser lingüístico y se manifiesta a través del lenguaje también. En lo político, en América Latina, nuestros políticos son expertos oradores. Hemos tenido —es tanto así que Alan García, un presidente peruano que acabó suicidándose no hace mucho, que era un gran orador, de los grandes oradores que había en América Latina, quería que la oratoria fuera una de las bellas artes, que volviera a ser considerada una actividad artística—. Y sí, es verdad, hemos cultivado mucho esa capacidad y nuestros políticos se han destacado justamente por ser grandes seductores de masas que se toman el balcón, se toman las plazas públicas y hechizan a la gente. Velasco Ibarra, un presidente ecuatoriano que realizó una proeza impresionante (fue cinco veces presidente sin tener un partido político fijo), decía: “Denme un balcón y les doy una presidencia”. Porque desde el balcón, con su oratoria política, era capaz de convencer a la gente de que votara por él. Entonces sí, hemos tenido este tipo de personajes exacerbados que, por supuesto, han usado el lenguaje de forma política con enorme efectividad; pero el lenguaje es mucho más: el lenguaje es poesía, el lenguaje es ciencia, el lenguaje expresa sentimientos, emociones que, ojalá, no estén politizados, porque si ya mezclamos amor y afectos con política, pues nos arruinamos la vida.
María Paula Ramírez: De acuerdo. También quiero preguntarte, para ahondar un poco más en tu tipo de escritura, tú escribes principalmente ensayos.
Carlos Granés: Sí.
María Paula Ramírez: Te presentas también como ensayista. En la nota al lector de este libro también lo dices, como ensayista.
Carlos Granés: Exacto.
María Paula Ramírez: Y te quiero preguntar, ¿cómo definirías tú el ensayo y cómo crees que se debería leer el ensayo?
Carlos Granés: Mira, podría hablarte de la importancia que tuvo el ensayo en sus inicios como una forma o expresión de libertad. Podría meterme con eso, con Montaigne, con la importancia que tuvo que surgiera esa voz que hasta el momento no se había manifestado, que era la del yo. El “yo pienso, yo veo las cosas así. Yo creo que esto pasa por tales y tales motivos”. Es una voz que se emancipa del poder. Es una voz que se emancipa de la Iglesia y del Estado, y que empieza a pensar por sí misma, sin ánimo alguno de llegar a verdades absolutas, sabiendo todas sus limitaciones y toda su fragilidad. Es simplemente una cosa muy pequeñita que es un yo, un individuo que, sin embargo, tiene el acto de valentía de decir “yo pienso esto”. Y eso para la génesis del individuo moderno y de la libertad individual es fundamental. Entonces, por un lado, yo veo el ensayismo de esa forma, como la posibilidad del individuo de pararse ante el mundo y decir: “Independientemente de lo que digan la Iglesia, el gobierno, los partidos, las instituciones, yo pienso esto”. Y me parece que eso es un ejercicio de libertad fundamental. Por otro lado, el ensayo responde a una necesidad cognitiva humana fundamental. Y te lo pongo con un ejemplo bastante menos erudito que Montaigne: las películas de terror. Las peores películas de terror. Piensa en una película de terror mala, cliché. Y piensa en la escena más cliché de la película de terror más cliché. Es una mujer o un hombre que de pronto oye ruidos en un desván, en un sótano, en un bosque, y no se aguanta la curiosidad. No se aguanta la curiosidad y va. Y siempre acaba o muerto, o devorado, o acuchillado; le va mal. Y sin embargo, siendo que lo racional sería no ir, huir y ponerse a salvo de ese ruido, de ese rugido, de ese misterio amenazante, hay algo en nosotros que nos obliga a ir a entender. No soportamos no entender. No soportamos los cabos sueltos. No soportamos el ruido, los estímulos que no están unidos en una trama coherente. Y por eso, a pesar de que podemos exponernos a sorpresas desagradables, no nos aguantamos y vamos a ver. Y por eso funcionan todas las películas de terror. Por eso la película de terror puede repetir mil veces la misma escena cliché, repetida, y nos la creemos. Porque de alguna manera apela a esa profundísima necesidad del ser humano de no quedarse sin saber. De ir y bajar a ese desván amenazante, de meterte en ese sótano oscuro, de ir a ese bosque exponiéndote para entender el mundo. Un ensayista es el que no se aguanta y va a seguir los rugidos. Con la posibilidad de que uno salga con un arañazo, por supuesto.
María Paula Ramírez: Pero no importa.
Carlos Granés: No importa, es más importante comprender. No comprender es intolerable para la cognición humana.
María Paula Ramírez: Muy chévere esa definición del ensayo, me gustó. Y también quiero preguntarte, aprovechando que mencioné a Mario Vargas Llosa, porque está dedicado a él, elogió mucho uno de tus libros, y también hiciste tu tesis doctoral, que fue un estudio comparativo entre Mario Vargas Llosa y José Alejandro Restrepo. En la actualidad, las generaciones más jóvenes tienen de alguna manera cancelado a Mario Vargas Llosa. Y es difícil separar al autor de sus opiniones políticas. ¿Tú qué dirías para promover la lectura de la obra de Mario Vargas Llosa ante esa cancelación?
Carlos Granés: Bueno, mira, toda cancelación es una tremenda estupidez. Toda. Te estás negando a ti mismo el enorme placer de descubrir cosas que parecen censurables o moralmente repudiables para las nuevas generaciones. Hoy en día se ha intentado cancelar a Balthus, a este pintor de escenas inquietantes donde aparecen adolescentes en posturas un tanto ambivalentes. Balthus es de los grandes maestros de la historia de la pintura, que además está totalmente asimilado, pero las nuevas generaciones se han vuelto hipersensibles a determinados temas —no injustificadamente—, pero esa hipersensibilidad ha hecho que miren con afán moralista y censurador ciertas expresiones que, por el contrario, nos están mostrando lo que somos. Nos están mostrando emociones complejas, inclinaciones peligrosas. Pero la única actividad humana que puede meterse en ese territorio sin producir daño es el arte. Justamente el arte —lo decía Schopenhauer, lo decía Freud— puede analizar lo peor del ser humano, puede crear un teatro en donde tú observas las peores perversiones, las peores pulsiones, instintos, inclinaciones, deseos, apetitos, y no estar expuesto a ellos; es más, incluso disfrutar de ellos y ver una gran obra, hermosura en todo esto. Esa es la gracia del arte y de la cultura, que aborda todo lo que somos, lo bueno y lo malo. Si nos imponemos la meta o la misión de hacer un arte que solo muestre cosas bonitas, pues nos lleva inevitablemente al cliché, al kitsch, al lugar común y a lo predecible. Y no hay nada peor para el arte que lo predecible. El arte tiene que sorprender, tiene que remover, incomodar de alguna manera, generar cierto cuestionamiento y, sobre todo, explorar lo humano en toda su dimensión. En cuanto a Vargas Llosa, yo creo que lo cancelan quienes no lo han leído, primero, o quienes se han dejado llevar por prejuicios políticos un tanto desencaminados. Mario Vargas Llosa es un liberal, es un pensador liberal que ha defendido la libertad, simplemente. Su enemigo es el poder, es el poder que se incrusta en los gobiernos, en los Estados y que acapara las instituciones y que desde ahí empieza a doblegar al individuo. Eso lo ves no solamente en sus novelas, sino en sus artículos y en sus ensayos. Esto lo ha hecho a él pelear con todas las formas de dictadura, sobre todo, o inicialmente, con el castrismo. Y eso le generó muy mala imagen, muy mala reputación dentro de una izquierda, además una izquierda muy reaccionaria, muy autoritaria; pero también peleó contra Pinochet, contra Videla, contra Trujillo, contra absolutamente todas las dictaduras de izquierda o derecha que han existido en América Latina. Entonces, esa visión un poco miope de Vargas Llosa como un ultraderechista enemigo de la izquierda es absolutamente falsa. Él es un pensador pluralista que defiende la existencia de una derecha, de un centro, de una izquierda democráticos. Lo que combate con mucha pasión, o lo que combatió con mucha pasión, fue el autoritarismo donde se presentara, en la izquierda y en la derecha. Esto, insisto, una mirada miope no lo ha querido ver y lo han convertido en un monstruo ultraderechista. Basta con leer sus novelas, ni siquiera hay que leer sus artículos; sus novelas son una crítica a lo que hace el poder en el cuerpo y en la mente de los individuos. En todas sus novelas, las víctimas del poder son socavadas, son humilladas, son expuestas, son vilipendiadas de una forma cruel y obscena. Y ese es su gran tema: cómo el poder, si se deja crecer y si no se controla, nos jode, literalmente. No sé por qué habría que cancelar eso.
María Paula Ramírez: ¿Hay alguna obra de Vargas Llosa que te gustaría, por ejemplo, recomendarle a una persona joven?
Carlos Granés: Si es una persona joven y no ha leído nada de Vargas Llosa, yo le recomendaría Los cachorros, por ejemplo.
María Paula Ramírez: Los cachorros.
Carlos Granés: Los cachorros, que es una historia juvenil de un grupo de amigos de colegio, uno de los cuales sufre una emasculación, sufre una castración por parte de un perro, y entonces es el drama del machismo latinoamericano. Y es una crítica feroz al machismo latinoamericano, porque alguien sin testículos en una sociedad machista se convierte en un paria, en un desadaptado. Y esa pequeña novela, que son menos de 100 páginas, muestra muy bien ese sentido común machista latinoamericano que le niega el lugar en la sociedad a este personaje porque ha sufrido ese accidente. Además, formalmente es muy interesante porque el narrador habla desde el “nosotros”. Es un narrador plural que funciona muy bien dada la trama y dada la edad de los personajes. Son adolescentes que no se han acabado de desindividualizar… es decir, que no se han individualizado aún, todavía funcionan como tribu, como colectivo de amigos. Entonces su identidad es grupal, es el “nosotros”. Y poco a poco, a medida que crecen, cada cual empieza a individualizarse y a tener su propia personalidad. Pero es una genialidad mostrando eso, ¿no? Cómo en la adolescencia no sabemos aún exactamente quiénes somos, y con el tiempo, con las experiencias, poco a poco vamos convirtiéndonos en ese yo, en ese individuo.
María Paula Ramírez: Y hablando un poquito más de tus lecturas y obras que son imprescindibles en tu biblioteca personal, ¿cuáles incluirías ahí también?
Carlos Granés: Ah, bueno, incluiría varias más de Vargas Llosa, por supuesto. Incluiría La guerra del fin del mundo. Es una novela mucho más larga, es una gran obra de 600 páginas y entiendo que hoy en día, con los tuits, leer más de 100 páginas parece algo digno de cancelar. Se cancela ya a quien osa escribir más de 100 páginas, porque ¿quién tiene la paciencia? Bueno, pero quien la tenga se encontrará con una obra maestra absoluta que explica uno de los grandes conflictos latinoamericanos, que es la tensión entre una mentalidad premoderna que aún cree en las apariciones, en los santones, en los líderes carismáticos que los van a llevar al paraíso, y la inevitable integración al mundo moderno de América Latina. Esa terrible tensión entre mentalidades premodernas y la integración de nuestro continente y de nuestros países al mundo moderno choca ahí y acaba en un cataclismo. Es decir, una secta de fanáticos que se atrincheran en un pueblo, que desafían a la república naciente —esto ocurre a finales del siglo XIX en Brasil—, es decir, la república naciente de Brasil, que ve en ellos a unos conspiradores ingleses que quieren evitar que Brasil se consolide como una república y deje de ser una monarquía, y acaba en una barbarie y en una carnicería tremenda. Es una guerra, finalmente, en efecto, finisecular, de fin del mundo, del bien y el mal, del paraíso y el infierno, y es apasionante. Tengo otro autor de cabecera que me ha influido muchísimo, que es un historiador de las ideas: Isaiah Berlin, que para mí ha sido fundamental para la forma en que trabajo, la forma en que me acerco a los temas que abordo. Isaiah Berlin tuvo formación de filósofo, pero él dijo en determinado momento: “Claro, los filósofos se plantean siempre las mismas preguntas, entonces es posible que después de estudiar 60, 70 años filosofía, finalmente no haya acumulado conocimiento, que le haya dado vueltas a las mismas preguntas sin haber aprendido más. De pronto voy a ser más sabio y voy a tener mi reflexión propia sobre las preguntas eternas, pero…”. Él lo que quería era saber más. Entonces decidió más bien historiar, hacer una historia de las ideas filosóficas. Y empezó a hacer algo que a mí me hechizó desde el primer momento, que fue asumir que las grandes ideas de los grandes pensadores no vienen de la nada, sino de conflictos personales, de problemas que han vivido en sus vidas íntimas con mucha intensidad. Entonces hace una mezcla de biografía, se interesa por los personajes (Hegel, Rousseau, Locke, quien sea), hace una exploración de sus propias vidas, del contexto social que los determinó, que los marcó, y de su pensamiento. Y así logra dilucidar cómo surgen las ideas. Es decir, que es una cosa fascinante cómo a alguien se le ocurre algo original. Cómo a un filósofo, por resolver una crisis personal, termina dándole una idea a la humanidad importante. Y eso es absolutamente fascinante. Yo lo que hago, de una forma mucho más modesta, es de alguna forma eso también. Hacer una historia de las ideas. Ideas más bien culturales, poéticas, artísticas, y seguir la biografía de los artistas o de las personas que me interesan, y cómo, a la manera de un virus, son contagiosos. Cómo van contagiando sus ideas y cómo algún planteamiento original va empezando a modificarse a medida que contagia a otra persona que, desde su subjetividad, lo elabora y crea otra cosa nueva. Entonces, eso es lo que yo suelo hacer y lo que me apasiona entender.
María Paula Ramírez: A mí también me gusta mucho la obra de Isaiah Berlin, pero he leído solo un libro teórico sobre el romanticismo.
Carlos Granés: Ah, que es una maravilla. Él siempre escribió ensayos cortos y el único, digamos, tratado o estudio largo que escribió fue ese, sobre el romanticismo, que fue algo que le preocupó muchísimo también, que le interesó muchísimo. Esa, digamos, cara oscura de la modernidad. La cara brillante es la Ilustración, la razón, la ciencia, la que busca iluminarlo todo y comprenderlo todo, la que es universalista. Pero también está esa cara fascinante, que es la oscura, la que busca más bien lo auténtico, lo original, lo ligado a la tierra, lo emocional, lo misterioso, que en el campo del arte es una maravilla. El arte, sin ese misterio, pierde el poder seductor. El arte frío, irracional o geométrico también me encanta, pero es distinto. El oscuro, el que apela a esos elementos misteriosos del ser humano, tiene un poder de seducción enorme. El problema, y esto es lo que yo abordo en Delirio americano, es que ese romanticismo aplicado a la política es absolutamente nocivo. Esa búsqueda de tribalismo, de vínculo con la tierra, conduce por lo general al nacionalismo, al tribalismo y al fascismo. Tiene derivas muy peligrosas en la política. En el arte, sin embargo, da producciones maravillosas.
María Paula Ramírez: Quiero continuar con unas preguntas rápidas, que también rondan tus hábitos lectores, tus intereses. El primero, viniendo de Mario Vargas Llosa, quiero preguntarte si hay un libro de Gabriel García Márquez que recomiendes especialmente.
Carlos Granés: Todos, pero, por caer en el lugar común de recomendar Cien años de soledad, yo creo que no hay un solo ser humano que deba pasar por la faz de la tierra sin leer ese libro. Y de alguna manera, porque también ejemplifica a la perfección la tensión brutal entre el tiempo mítico y el tiempo moderno, entre lo premoderno y la historia moderna. Esas tensiones están ahí en Macondo de una forma muy bien armadas y engranadas.
María Paula Ramírez: Sí. Hablando de ensayo, un sello editorial que publique ensayo que te guste mucho.
Carlos Granés: Pues el mío, por supuesto, Taurus.
María Paula Ramírez: Taurus es muy bueno, sí.
Carlos Granés: Es fantástico.
María Paula Ramírez: Un libro que deba leer todo colombiano.
Carlos Granés: ¿Un libro que deba leer todo colombiano? Uy, pucha. Está más complicada. Un libro que deba leer todo colombiano… Mira, La Odisea, mundo clásico. Me parece importante que recordemos que de alguna manera, ese también es nuestro origen: Grecia y Roma, el mundo clásico.
María Paula Ramírez: El mundo clásico, de acuerdo. Una librería o biblioteca que te guste mucho visitar.
Carlos Granés: Me encantaba visitar la biblioteca de la AECID en Madrid, que está especializada en América Latina. En esa biblioteca yo escribí Delirio americano. Lamentablemente, el burócrata que dirige hoy en día esa institución, la AECID, convirtió la biblioteca en oficinas para funcionarios. Entonces nos echó a los investigadores y nos dejó una salita del tamaño de esta sala, en donde prácticamente estamos hacinados. Entonces ahora odio ir a esa biblioteca. Y el lugar que para mí era el más sagrado de Madrid, se ha convertido en una vergüenza, la verdad. Lamentablemente.
María Paula Ramírez: Lo siento, qué lástima. La siguiente es un libro que aún tengas en tu lista de espera, que estés esperando el momento para leerlo.
Carlos Granés: Puede ser un clásico… Infinidad, infinidad. Si tú haces la cuenta, por muy lectora que seas, te das cuenta de que solamente has trazado una pequeña ruta en un universo insondable. No he agotado ni siquiera mis autores favoritos. Por ejemplo, Thomas Mann, Los Buddenbrook. Lo tengo ahí desde hace siglos, lo he tomado, lo he cogido, me lo he llevado de viaje, he recorrido el mundo con ese libro y finalmente no lo he empezado. Y es una cosa que ya empieza a atormentarme. Porque he leído José y sus hermanos, no lo acabé, pero he leído mucho a Thomas Mann. Y ese libro, importante en su carrera, pues es de los primeros. Lo tengo ahí, lo acaricio, lo veo… Digo: “Ahora sí”. No le ha llegado su momento y me martiriza un poquito no haberlo leído todavía. Y ese es un simple ejemplo. Hay miles, miles, miles que me gustaría leer.
María Paula Ramírez: Aparte, la vida no le da a uno para leer todo lo que se ha escrito. Hay que ser también selectivo en el libro de la vida.
Carlos Granés: Sí, y quien lee es humilde. Porque quien lee sabe que es mucho más lo que no ha leído y lo que no leerá. Y que apenas se está apoyando en unos cuantos clavos ínfimos. Y por eso mismo sabemos poquísimo. Somos todos, finalmente, muy ignorantes. Comparado a todo lo que se ha escrito, no sabemos nada. Pero bueno, la idea es que con esos pocos elementos podamos intentar vivir bien. La literatura, los libros, hacen la vida más interesante. Y esa es la idea, creo yo. Y da humildad, por supuesto. Uno es soberbio solamente cuando ha leído un solo libro y se cree genio. Porque de ese libro extrae las respuestas para absolutamente todo. Quien ha leído dos, ya se da cuenta de que las cosas no son tan claras como parecían. Y quien ha leído mil, dos mil, diez mil, inevitablemente es más modesto. Inevitablemente se da cuenta de que por mucho que sepa, no sabe nada.
María Paula Ramírez: De acuerdo. Y la última preguntita, ¿un ensayo que recomiendes?
Carlos Granés: ¿Un ensayo que yo recomiende? Pues mira, ya que estoy en modo latinoamericano, voy a recomendar Nuestra América, de José Martí. Que es un ensayo muy cortito, muy influyente, muy mal leído. Que, sin embargo, es un llamado a interesarnos por la realidad americana. Y es un llamado necesario, ¿no? Tenemos que entender qué diablos somos. Tenemos que empezar a entendernos en nuestros propios términos para poder encontrar soluciones a nuestros problemas. Y eso es un mensaje muy sensato.
María Paula Ramírez: Gracias, Carlos. Te quiero agradecer tu tiempo y amabilidad, obsequiándote también este librito de Manuel Mejía Vallejo. De la colección El Externado. Mucho gusto, que lo disfrutes. No sé si ya habías leído a Manuel Mejía Vallejo.
Carlos Granés: Sí, sí, sí. Incluso tengo El Externado y El Malpensante. Tengo 200 de estos libritos.
María Paula Ramírez: Sí, sí, sí. Sí, una maravilla. Muchas gracias, Carlos, por tu tiempo.
Carlos Granés: Nada, muchísimas gracias.
